(1) Un último paseo por la biblioteca

Un hombre se despierta confundido en una biblioteca, sin saber cómo o cuándo llegó. Su memoria le trae recuerdos lejanos.

Hombre durmiendo en una biblioteca

¡Dios mío! Me dormí en este escritorio de la biblioteca sin darme cuenta. A duras penas puedo abrir mis ojos y este… bostezo casi descuadra mi mandíbula. Estoy mareado y desubicado. Peor aún. No sé desde cuándo estoy aquí. No recuerdo venir hoy a la universidad y mucho menos salir de la casa. ¿Es este el séptimo piso? Creo que sí. La gripe que tengo desde hace un par de días debe ser la causa de esta somnolencia. Odio los virus, en especial luego de aquella pandemia. Apenas pude salir vivo de ella. Esos bichos empezaron con mi pecho y mi respiración, luego se metieron bajo mi piel haciéndome arder en fiebres y al final me jodieron la mente. Tuve pesadillas espantosas, muy vívidas. Dios quiera que no se repita.

Esta modorra no es la usual del otoño. No puedo esquivarla, se me cuela bajo la piel, tras mis ojos. Es escurridiza, la muy bandida. Me angustia sentirme así, tan perdido, tan poco dueño de mi cuerpo. ¿Qué vine a hacer a la biblioteca? Tengo la idea vaga de venir a buscar algo; me imagino que un libro, sería lo lógico. ¡Dios, estoy mal! Me espanta no saber qué hice en los últimos minutos. ¿Quizá horas? Mejor pensar en otra cosa, porque esto me sacará de quicio. Voy a caminar un rato para espabilarme y luego busco un café antes de irme a casa. Eso ayudará; un café a menudo ayuda. Puede ser que con eso mi cabeza regrese a su sitio. Veo que todo está oscuro; seguro que a duras penas son las cinco de la tarde. Esta oscuridad es normal a estas alturas del otoño.

Sí, son las últimas semanas del otoño. Noviembre es un mes gris, forrado de nostalgia para mí. Los días se hacen cortos y lo más hermoso del otoño se ha ido con el mes de octubre. Las noches se hacen más frías y también los días. En particular, este noviembre ha sido lluvioso y ya han caído las primeras nieves. A menudo siento que esta parte del año es la más pesada, más incluso que enero y febrero con sus intensas nevadas y sus fríos extremos. No logro encontrar la razón. Pienso que se trata de la transición en sí, no del clima. El otoño es el preámbulo del invierno. Al inicio, los días estivales aún están frescos en la memoria, incluso en la piel. Todavía uno se resiste a cambiar las ropas por algunas más abrigadas. Cuando llega noviembre, la memoria empieza a recordarnos los tiempos fríos que vienen en camino. Es la conciencia de lo que uno deja, haciendo un espacio para lo que viene. Eso es, lo que me pesa es el tránsito entre una estación y otra. Esas sensaciones se mitigan luego un poco con la belleza de las nieves. En fin, quizá todos los otoños pasados juegan hoy con mi nostalgia.

Es curioso que viniera a la biblioteca en medio de este estado de confusión. Me trae recuerdos. Esta parte del edificio, donde están las mesas y los cubículos, la asocio mucho a mis primeros años en esta ciudad. Raquel y yo vinimos como estudiantes internacionales para hacer nuestras maestrías. No teníamos planes de quedarnos. Unos años después, aquí estoy como ciudadano canadiense y profesor en esta universidad. Y Raquel…

Son muchos recuerdos. Caminar me ayuda porque la neblina espesa que ocupaba mi cabeza empieza a disiparse. Aún estoy con algo de modorra. Ya irá pasando. Sí, la biblioteca me trae recuerdos. Veníamos mucho a estos espacios. No podíamos estudiar y hacer nuestros trabajos en el diminuto estudio que teníamos por casa, pues solo había una mesa donde apenas cabían un par de platos de comida. Pasábamos más tiempo aquí que en el apartamento. También nos gustaba más este ambiente de estudios, entre los libros, entre la gente. Nos sentíamos bien y podíamos pasar horas. Por otro lado, no teníamos mucho más que hacer. Mejor dicho, no teníamos mucho con qué. Como decimos en Venezuela, estábamos apretados. Bien apretados. Pero felices.

No recuerdo cuando vine a la biblioteca hoy, pero sí recuerdo muy bien estos espacios. Estudiábamos junto a este ventanal del séptimo piso durante nuestro primer invierno. Era agradable ver aquella colina cubrirse de blanco. Es cierto, hicimos pocas cosas, pero lo disfrutamos. Pasábamos algo de frío en el estudio y apenas pudimos comprarnos algo de ropa de segunda mano para el frío. Pero la nieve fue mágica. No la conocíamos. Raquel me hizo notar los sonidos del invierno, como el ruido al caminar en la nieve recién caída y los sonidos de los carros rodando sobre ella. Pero ella atrajo mi atención a algo muy curioso. El silencio de esos días. Era un silencio particular, de sonidos bajos, amortiguados por la nieve. También recuerdo que ella puso nombre a los tipos de nieves: la nieve gorda, la pegajosa, la durita, la pichacosa y la maldita, esa que se cuela por el cuello de la chaqueta o por la cintura del pantalón. Todavía hoy encuentro relajante caminar sobre ella, cuando está fresca, suave. Los días nevados no dejan de fascinarme.

Cuando llegó el verano y terminamos nuestro primer año en la universidad, alternábamos los días entre la biblioteca y los jardines cercanos. Luego de esos meses de frío —y una primavera que brilló por su ausencia—, el verano fue un bálsamo para nuestros cuerpos agotados por ese año arduo donde tuvimos que adaptarnos a todo. La lengua, los hábitos de vida, los fines de semana sin la familia, las salidas sin los amigos. Y el clima, sobre todo el clima. Por eso el verano era para nosotros como un regreso de algo familiar: los días soleados y el calor. Era contradictorio y para mí lo sigue siendo. Adoro el invierno, pero agradezco mucho cuando llega el verano.

Así fue ese primer año. Teníamos muchos planes para nuestro retorno al país cuando termináramos el segundo y último año de las maestrías. Sin embargo, las cosas no salieron como lo planeado. Regresé a Venezuela solo para visitar a la familia, nunca para quedarme. Esos planes se fueron con Raquel.

Esta melancolía otoñal está más intensa de lo normal. Llevaba años sin pensar en aquella época. Recuerdo estas cosas de manera tan clara que me asombra no tener la más mínima idea de cuándo vine a la biblioteca. Me pregunto si el virus empezó por joderme la cabeza. Debe ser así, no hay otra explicación para esta amnesia tan perturbadora. Este despertar en la biblioteca me parece algo tan confuso, sin sentido que... Apenas ahora me doy cuenta de que no hay nadie aquí. ¿Cerraron sin avisar, sin revisar los pasillos y los escritorios? ¿Me dejaron encerrado? Debo bajar hacia la recepción, quizá está alguien ahí... pero… no logro moverme. No entiendo. Mis pies no me responden. ¡Dios, la locura se coló en mi cabeza! Me muevo, pero no por mi voluntad. ¿Qué me está pasando? Primero esta modorra que me asalta y luego este estado amnésico… ¿Qué mierda endiablada me ocurre? Es como si algo extraño habitara en mi cuerpo, como si mi cuerpo fuera otra cosa. No lo gobierno, no soy dueño de mi cuerpo porque... No hay cuerpo alguno. Soy incorpóreo, soy un fantasma.

(Continúa...)