(2) Un último paseo por la biblioteca

(2) Un último paseo por la biblioteca

(Inicio del cuento)

No. No creo que sea un sueño. Algo me dice que he visto la muerte y no lo recuerdo. No siento ni dolor ni pena. Curioso. Parece que mi condición espectral me ahorra los sentimientos. Pero, al pensarlo bien, no es así. Hace unos momentos sentí nostalgia por el pasado, miedo por el virus y angustia por esta amnesia selectiva. Sin embargo, me extraña mi calma ante la idea de mi deceso. Imaginé que un fantasma que viene de saber que … ha muerto, tendría una crisis de pánico. Parece no ser el caso. Por lo menos no el mío. Además, ahora que soy consciente de mi condición, las cosas aparecen ante mí como deben ser. La biblioteca no estaba vacía y oscura. Era yo quien lo veía así, siendo ignorante de mi “fantasmalidad”. Ahora sí veo la gente y los últimos rayos del atardecer que entran por las ventanas de la biblioteca. Todo es normal ante mis sentidos.

Un torrente de dudas me viene a la cabeza. Algunas son banales. ¿Pueden verme? ¿Puedo asustarlos? ¿Veré otros muertos? ¿Puedo pasar a través de las paredes?, y otras son las que me empiezan a preocupar ¿Qué pasó? ¿Dónde estoy ... está mi cuerpo? Todas esas preguntas, y muchas otras, vienen a mi espíritu sin alterar mi calma. A lo sumo, siento algo de inquietud, pero está lejos de perturbarme. Me pregunto si todo esto es normal para quienes pasan a… esta vida. Me cuesta entender esta condición, digamos post mortem, y la serenidad que le rodea. En mi inmaterialidad, siento una especie de tacto difuso, más como una sensación de sutil roce del aire, una ligera presión sobre lo que sería mi corporalidad. Eso me da cierta impresión de tener un cuerpo. Eso sí, uno casi etéreo, más aéreo que sólido. Ni siquiera sé cómo me muevo, pero lo hago con un movimiento suave, una flotabilidad lisa y pausada que apenas gobierno. Debería ir a casa para ver si … estoy ahí.

La memoria de mis últimos momentos se me escapa. Trato de recordar qué ocurrió y dónde, pero no tengo ninguna pista. No recuerdo qué día es. Debe ser un día de semana por la cantidad de gente en la biblioteca y sé que estamos en noviembre. Finales, creo. Esta sesión no di clases y dediqué una considerable parte del tiempo a escribir varias cosas, así que mis días son todos iguales: venir a mi oficina, escribir, comer algo al mediodía y regresar a casa al final de la tarde, a veces ya entrada la noche. Recuerdo ir al supermercado, pero lo hago todos los sábados. ¡Vaya vida tan aburrida! No me extraña haber muerto de eso ... Aunque... ¿Suicidio? No puedo descartarlo. Soy monótono, solitario, pero nunca tuve pensamientos suicidas. Espero.

¿Y si esta gripe es tan fuerte que borró la memoria de mis últimas horas? Me parece algo extremo, pero tiene más sentido que el suicidio. Cuando enfermé durante aquella pandemia y fui hospitalizado, esas pesadillas confundían mi realidad con alucinaciones. Despertaba diciendo cosas. Pero eran pesadillas, nunca perdí mi memoria como ahora. Bueno, hay una diferencia. Estaba aún vivo en aquel momento.

Me asusta pensar que morí solo en casa y nadie lo haya notado. Es cierto, nadie puede notar mi ausencia. Aburrido y huraño. Empiezo a inquietarme. Vamos por partes y mejor salgo de la biblioteca para ir a casa. Con esta flotabilidad lenta, apenas ahora voy bajando por el quinto piso.

Recuerdo que en estas salas Raquel y yo solíamos estudiar. Nos gustaba más la luz de este lado del edificio. Cierto que hay más distracciones porque viene más gente, pero eso era parte de nuestras pausas. Era un juego. Nos poníamos a observar la gente, a analizarla, a imaginar cómo eran y cómo vivían. Algo nos fascinaba en las personas que vienen a una biblioteca. Eran sus rutinas, sus hábitos, sus estilos de vestir. Desde el muchacho algo desgarbado y desordenado hasta la chica pulcra y meticulosa. O una persona mayor que pensábamos que era alguien retirado de la academia, tomando apuntes a mano, en un viejo cuaderno. Contrastaba con la población joven, la generación de los digitales. Nos deteníamos sobre todo en los visitantes regulares, en esos que venían en una hora y un día casi exactos. Nuestro juego era sencillo: observar todo el ritual de llegar, instalarse, leer, escribir, estudiar, hacer pausa y finalmente retirarse para luego arrojar nuestras hipótesis, a veces algo extravagantes, sobre su vida. La verdad, ahora que lo pienso, era divertido.

Por ejemplo, había un muchacho de cabellos claros y piel blanca, delgado y largo como una vara. Atrapó nuestra curiosidad cuando vimos que siempre revisaba libros sobre el derecho de las poblaciones autóctonas. En ocasiones, también tenía libros sobre aspectos antropológicos y culturales de ellas. Era claro que él no era un autóctono. Siempre cabía la posibilidad de que tuviera algún ancestro nativo, cruzado con alguno europeo o americano blanco, pero nos costaba creerlo. En la versión de Raquel, él era un chico curioso, alguien que buscaba entender y defender a estas comunidades. Para ella, él era un pequeño héroe anónimo. Yo, solo para llevarle la contraria, decía que quizá logró un trabajo en una firma de abogados influyente y lo encargaron de algún asunto secundario vinculado a los autóctonos, por tanto, todo era un interés pasajero. Era más divertido cuando le llevaba la contraria a Raquel.

También había una chica que tenía el hábito de sentarse en las mesas ubicadas al centro de la sala de lectura. La primera vez que la vimos estaba con un grupo de compañeros, un poco ruidosos ellos, de esos que hablan en voz baja, pero todos los escuchan, cuentan chismes, se ponen a ver cosas en la portátil. En fin, insufribles. Ellos salían unos minutos después de nuestra llegada y lo agradecíamos. En una ocasión, la chica se quedó sola y, para nuestra sorpresa, estuvo de manera muy aplicada leyendo y escribiendo casi hasta el cierre del edificio. Si fuera por mí, le hubiera sugerido que se buscara otros amigos. Otros que estorbaran menos. Aquí Raquel coincidía conmigo. Una vez nos topamos con su grupo de amigos y ella no estaba. Apareció una hora más tarde cuando ellos se habían ido y se quedó de nuevo hasta el cierre de la biblioteca. Nuestra historia sobre ella era la de una estudiante que un día descubrió que le convenía más estar sola que mal acompañada.

¡Qué fauna tan fascinante! ¡Y cómo lo disfrutábamos! Lo veo ahora y todo me parece tan radicalmente distinto a mi vida actual de profesor aislado y retraído. Dibujo una línea entre aquello y esto, tratando de encontrar el quiebre. Y me parece tan obvio que pienso que es estúpido no haberme percatado ... en vida. Estúpido o inconsciente. El quiebre es la ausencia de Raquel.

Ya estoy alcanzando la puerta de salida y veo mucho movimiento de gente. No podré salir sin tocar a alguien. ¿Podrán sentirlo? Ya voy a averiguarlo. Pero... no logro salir, reboto contra la puerta como si fuera un globo. Puedo ver a través de los vidrios, puedo ver más allá de la puerta de salida, pero mi inmaterialidad no logra pasar ese umbral. ¿Será que estoy condenado a quedarme aquí? ¿Es la biblioteca mi cielo eterno? ¿O mi infierno?

(Continúa...)