La ausencia de las pausas (1)

La ausencia de las pausas (1)
La ausencia de las pausas.

Anaya mira fijamente su libreta, sosteniendo con fuerza el bolígrafo. Pasaron dos largos minutos. No recuerda qué iba a escribir. La mente en blanco se resiste a traer de vuelta sus ideas. Esta parálisis le impide avanzar en su trabajo. Van dos veces hoy que me quedo así, como congelada, piensa ella. Gira sobre su silla, hacia el otro lado de su escritorio, y lee de nuevo el documento en su computadora. Ojea algunas páginas y, luego de pasar por varias pantallas, recupera sus ideas. ¡Concéntrate Anaya, hay que hacer el borrador con las cláusulas!, se dice a ella misma mientras inicia sus apuntes. Justo cuando retoma su trabajo, su madre la interrumpe.

—Anaya, ¿crees que Mateo podrá llevarnos a mí y a tu papá al centro comercial dentro de un rato? Aunque deberías ser tú… Debemos comprar algunas cosas para Navidad. Y, por cierto, no sé por qué no has decorado aún la casa Anaya; mira que a los morochos les gusta. Y les gusta mucho. El año pasado la decoraste tarde y ellos se molestaron, con razón; estabas más pendiente de tu trabajo que de la casa. Siempre es así... En fin, avísame cuando estemos listos para irnos —dice su madre—. Voy a arreglarme.

En este momento, Anaya no sostiene el bolígrafo, lo ahorca. En esas palabras, su madre tocó teclas muy sensibles para ella. Su impulso es responder por ese ímpetu de reclamarle lo que no ha hecho y de señalarle lo que debe hacer. Desde que Anaya tenía memoria, era siempre el estilo de su madre. Siempre lo mismo, siempre…

Ella ve cómo la presión de sus dedos en el bolígrafo enrojece sus yemas. Relaja su mano y toma una pausa de unos minutos para poner su cabeza y su humor en orden. Si algo había aprendido luego de años de terapia, de yoga y de meditación, era la importancia de dejar pasar algunas cosas; esas que, siendo importantes, graves y muy perturbadoras, había que ponerlas de lado para dejar que la cabeza y el espíritu se reposen. Y así, luego irlas resolviendo. En eso se había convertido la vida de Anaya, en un ciclo infinito de crisis que sacudían su vida, poniendo todo de cabeza y cerrando cada espacio de orden y de paz. Otra cosa que ella había aprendido era que esas sacudidas a veces se podían controlar; a veces solo se podían aguantar hasta que pasaran. Pero a veces el tiempo para restablecerme del último leñazo se hace más corto, pensó Anaya en este momento. Una manzanilla con miel y limón… y un güisqui para la noche.

Con el té en la mano, Anaya prende el televisor de la cocina y ve las noticias. “… en la biblioteca de la universidad, donde al parecer, y de manera trágica, ocurrió el primer caso violento de infección viral…” explica el periodista. Y dale con esta historia, todos los días la vuelven a contar. Apaga el televisor y toma un largo sorbo de té. En esos días del otoño invernal canadiense, ese calor que se derrama por dentro de su cuerpo y el aroma del limón y de la miel eran parte de un ritual que distendía su espíritu. Dios bendiga las bebidas calientes, y también las que vienen con hielo. Anaya se sonríe.

Ella repasa un poco esa variable que se añadía a su ciclo de crisis y que peligrosamente se sumaba, no como otro ciclo, sino como el trasfondo amargo de todo lo que vendría luego. Apenas llevaban un par de semanas en cuarentena por culpa de ese nuevo virus, y ya parecían meses. No me sentí tan agotada y asfixiada con aquel primer virus, pero con este la vaina parece una condena bíblica, pensaba ella. Ambas cuarentenas son muy distintas, pero también la vida de Anaya lo es. Aquel encierro era manejable; este ya se mostraba insufrible. Durante aquel encierro, la vida de Anaya estaba en orden; en este, no era el caso. Anaya ve la mesa de la cocina vacía, en medio de esa enorme casa en silencio, y no puede dejar de pensar en todo lo que ha pasado en los últimos años. Es mucha carga para su ánimo en este momento.

Se distrae un momento con el aroma de la miel y el limón. Siempre sentía que había algo muy doméstico, muy casero, en ese tipo de olores. Eran las cosas que daban un aire de hogar a su casa. En su mente, hace una lista de esas cosas hogareñas. Los olores de la cocina, pero también el de los closets o el de la ropa recién lavada. Los ruidos de algunas puertas, incluso de algunas llaves de agua. Los chirridos de algunos muebles, como el del sillón de la sala. Las voces de los vecinos en ciertas horas del día, algunas de ellas revelando las rutinas de sus portadores. Las voces de su familia en el comedor, mientras los gemelos jugaban en el patio. La voz de su papá.

Sobre la mesa están unos folletos del gobierno con las instrucciones para la cuarentena. Entre otras cosas, se informa sobre los síntomas del contagio: “Desorientación, fiebre, dificultad para respirar, episodios de paranoia violenta…” y sobre cómo actuar si alguien mostraba estos síntomas. Se hablaba de centros de reclusión y aislamiento, pero también de la opción de aislar a una familia, incluso haciendo uso de la seguridad pública. Mientras repasa esas consignas, Anaya escucha los pasos de su mamá en el piso de arriba y esa coincidencia le trae uno de los temores más profundos de estos días. Si Anaya se enfermaba, su mamá quedaba sola o podían llevarla a un centro de cuidado. Si era su mamá quien se enfermaba… ¡No quiero ni pensarlo!

Su mamá, vestida para salir y con su cartera colgando en el brazo, se para en el umbral de la puerta de la cocina. “Anaya, ya estoy lista para ir al centro comercial; acuérdate de agarrar el carrito. Te espero en la sala. Avísale a Mateo.” La rabia de Anaya da paso a un sentimiento que mezcla compasión y cansancio. No eran solamente los ciclos de crisis que la agotaban, también ese sube y baja de emociones que la llevaba en cuestión de segundos a sentimientos opuestos, como ahora. Podía ser una relación compleja, pero Anaya daría todo por tener las circunstancias normales para llevarla al centro comercial. El centro comercial lleva casi dos semanas cerrado, mamá, como todo en esta virulenta ciudad, pensó. Ver a su madre así, con sus cambios de humor, sus ausencias y sus olvidos, la desarmaba. Cuatro años con esta maldita enfermedad. Ella espera un momento para pensar en un argumento y disuadirla.

—Mamá, ya se nos hizo tarde, discúlpame. Pero el centro comercial ya cerró. Mañana te llevo sin falta, a primera hora —le responde Anaya, viendo su reloj. Apenas eran las cinco de la tarde, pero la oscuridad engañaba.

—Si solo por un momento pusieras más atención en nosotros que en tu trabajo Anaya… avísale a Mateo y a tu papá. Y a ver si lo de decorar la casa también se te pasa, porque si no los gemelos se van a poner muy tristes —respondió ella. Con un gesto de desaire se fue a la sala y prendió la televisión.

Los gemelos están en la universidad, fuera del país, mamá, se dijo Anaya como parte de esas conversaciones internas. Y Mateo… bueno, menos mal que se fue.

—Más tarde te hago tus galletas de avena y coco, las que te gustan —le decía su madre desde la sala. Mmmm, cococockies, piensa ella. Así es como las llamaba.

Dentro de todo, era buena señal que se sentara frente al televisor, porque Anaya sabe que ella puede pasar horas casi sin moverse. Cuando la veía así, no dejaba de preguntarse en dónde estaría su mente. En su imaginación, Anaya siempre creía que durante esas ausencias su mamá revivía los bellos recuerdos junto a su esposo, el papá de Amaya, que había muerto un año después del diagnóstico. Incluso la imaginaba reviviendo la infancia de los gemelos, quizá el mejor de los recuerdos de su vida familiar. Su imaginación era más que su medio escape; era el lugar donde todo se rearmaba, donde todo volvía a estar en su lugar.

Anaya vio su bolígrafo en la mesa de la cocina. ¿Qué carajo estaba haciendo yo?

(Continúa)