(6 y último) Un último paseo por la biblioteca
Ahora todo está claro en mi memoria. Y duele. Duele más que mi manera de morir.
Aquel día cuando las vi en la cafetería, esos gestos de confianza y cercanía entre ellas me incomodaron. Raquel sonreía, Marianne sostenía su mano en las de ella. Algo se dislocó dentro de mí, alguna pieza se desencajaba en mi ser. A partir de ese día, esa imagen y todas las sensaciones y pensamientos que brotaron a partir de ahí me acompañarían. Me sentía incómodo con todo, con Raquel, con todo lo que logramos, con la ciudad, con la universidad. Hasta el ambiente de la biblioteca me molestaba. Estábamos a unos días de iniciar nuestro segundo y último año de estudios, y paralelo a eso debíamos empezar a prepararnos para el regreso. Ese día fue cuando todo se trastocó.
Cuando nos vimos luego, le pregunté a Raquel sobre la reunión con el profesor y me dijo que todo estaba bien. Le ofrecí buscar un café para ella, pero me dijo que no. Claro, no me dijo que tomó uno. A partir de ese momento, algo en el humor de Raquel cambió. Menos conversadora, más taciturna. No encontraba la manera de tocar el tema de su encuentro con Marianne, sin el temor de lo que podía encontrarme. Incluso una vez lancé el comentario sobre la ausencia de ella en la biblioteca durante esos días. “Debe estar en Francia”, me dijo sin entrar en detalles. Todo empezaba a descolocarse.
El resto de la historia fue rápido. Un día me dijo que necesitaba irse de la casa por un tiempo, que quería tomarse un tiempo, un respiro para arrancar esa sesión. “¿Un respiro de qué? ¿De mí?”, le pregunté. “Entre otras cosas”, respondió, “todo ha sido muy precipitado y no sé si hago lo correcto. Quiero pensar todo bien”. La cabeza me giraba, no entendía ese golpe de timón a nuestros planes. “¿Hacer qué?” pregunté. “Todo, Alfredo, todo, venir , dejar lo que hacíamos, y ahora terminar los estudios e irnos a hacer algo que no tengo claro qué es. Todo, Alfredo, todo.” Trataba de entenderla, pero … Cuanto más preguntaba, más me perdía en sus argumentos. “Pero Raquel, si todo está claro, lo tenemos claro…”. “Yo no lo tengo, Alfredo”. Ahí perdí la cordura. Toqué el tema de su encuentro con Marianne y le pregunté si ella tenía que ver con esto. Entonces la discusión tuvo un tono más duro, más hiriente. Cosas como que la espío, que no la dejo tomar decisiones, que Marianne solo fue un escape, alguien con quien hablar, que este plan no era lo que ella sentía como su plan, que todo estaba muy calculado… y simplemente se fue. Agarró una de las maletas que teníamos y la llenó con sus cosas. Nunca supe a dónde se fue.
No sé cómo lo hizo, pero terminó el año sin cruzarse conmigo. No hubo respuestas a mis llamadas, ni a mis correos, me bloqueó en sus redes y nuestras amistades comunes en Venezuela no tuvieron mayor noticia de ella más allá de nuestra ruptura. Su familia no respondía a mis mensajes. No me atrevía a preguntarle a Marianne porque ella tenía que ver con lo sucedido. No había dudas. La idea de que estaban juntas muchas veces me pasó por la mente, pero, por rabia y por miedo a la respuesta, nunca le pregunté a ella. La verdad, nunca más la vi porque dejé de ir a la biblioteca. Luego de semanas de tratar de encontrar una respuesta, al final desistí. Me concentré en terminar mis estudios.
Ese último año, entre mi desolación y mi situación, ahora mucho más que apretada, fue terrible. Gracias a un trabajo, pude quedarme luego de mis estudios y hacer mis papeles para la residencia. No tenía sentido regresar a Venezuela. Tomó un buen tiempo para que las cosas fueran tomando sentido para mí. Luego de varios años supe que ella también se quedó en Canadá, pero en otra ciudad. Esa sensación terrible de que Raquel no salió de mi vida, sino que huyó de ella, me acompañó por muchos años. Nunca puede entender lo que pasó. Con el tiempo, dejé de preguntarme.
Hasta mi último día.
Ese día, el día de mi muerte, tuve que ir a la biblioteca de manera excepcional. No tenía muchas ganas por esa gripe que empezaba a fastidiarme. Puedo contar con los dedos de una mano las veces que he venido a este pabellón desde la partida de Raquel. Tenía que ir al séptimo piso, sí, el séptimo, por un libro que necesitaba. Quería aprovechar que estaba disponible y yo intuía que la gripe no iba a dejarme salir de casa por unos días. Así que no esperé mucho y fui a buscarlo. Cuando estaba entre los estantes, me topé de frente con Marianne. No la veía desde entonces. Ni sabía nada de ella.
Los años apenas habían pasado por ella. Se veía igual, su rostro angulado. Verla fue como un gatillo que disparó una metralla de cosas. Aquel día, cuando ellas estaban en el café, la poderosa atracción que sentía por ella, los celos de su cercanía con Raquel, la ira de saber con total certeza que ella tenía que ver con la partida de Raquel, que ella se llevó a Raquel. Cada latido de mi corazón era más potente, más acelerado, más cerca de mi garganta. Sentía cómo la gripe se convertía en una fiebre que se escurría bajo mi piel, una fuerte presión nacía en mis sienes. Los ojos empezaron a arderme. Por unos largos segundos, no pude reaccionar.
“Hola, Alfredo, ¿cómo estás?” No sabía si era una pregunta de cortesía o mi apariencia delataba lo que sentía en mi cuerpo y en mi espíritu. Sus ojos estaban bien abiertos, casi no pestañeaba. De todas las cosas que podía responderle, solo una salió de mis labios, “Se fue contigo, ¿no?, ¿te la llevaste?”. Desde mi calma post mortem, entiendo que no era yo quien hablaba. Yo ya había dejado de ser yo.
Una ira irracional se apoderó de mí y en mi mente solo una idea era clara. Marianne era la razón de la partida de Raquel, del desmontaje de todo lo que queríamos hacer, de mi tristeza y de mi rabia que en silencio se habían quedado en mí por todos estos años. No sé cuántas veces repetí entre mis dientes que ella se llevó a Raquel. En medio de esa irracionalidad, solo había una salida para ese que no era yo. Debía llevarme a Marianne conmigo, a mi pozo de dolor y desolación, a mi soledad.
Me abalancé hacia ella, pero logró esquivarme. Todo mi cuerpo era calor y tensión, pero también torpeza. Me llevé libros, me golpeé contra las estanterías, tropecé con un par de personas que gritaron de terror al verme. Marianne corría pidiendo ayuda, pero en el séptimo piso no había casi nadie. Las pocas personas huían de pánico al verme. Alcancé a Marianne en las escaleras internas del edificio y mis manos trataban de estrujar su rostro cuadrado. Ella trataba de zafarse, sin éxito. Tenía que llevarla a mis dolores, mis desolaciones. La cargué contra la baranda de la escalera, y abrazándola, la arrastré conmigo al vacío.
Ahora, desde mi inmaterialidad, recuerdo que Marianne me gritaba que Raquel nunca se fue con ella, más nunca supo de ella, ni del bebé. Era mentira. Debía ser mentira.
(FIN)