(5) Un último paseo por la biblioteca

(5) Un último paseo por la biblioteca

(Inicio del cuento)

Sí, era ella. Todo me viene de golpe a mis recuerdos y con ello mi calma bajo estas sombras azuladas empieza a romperse. Sé quién es ella, pero no estoy seguro de si está relacionada con mi muerte. No supe de su muerte, o por lo menos no lo recuerdo. Algunos fragmentos de esos recuerdos van llegando poco a poco a mi presente, y con ello empiezo a inquietarme. A veces la ignorancia de lo que somos puede traernos paz, pero sin memoria. Y el recuerdo de lo que somos puede minar nuestra vida. Vaya dilema, y lo peor es que no podemos escoger qué recordar.

Aquella no era la primera vez que la veíamos. Al igual que nosotros, ella –Marianne– era una usuaria regular de la biblioteca, pero solía instalarse en otro piso. A veces la cruzábamos en el ascensor o en alguna de las impresoras públicas. Por mucho tiempo solo nos veíamos con ella de vez en cuando. De esos encuentros breves, me quedó la imagen de su rostro rectangular que me parecía particular, era cuadrado con ciertos ángulos marcados en sus mandíbulas y su barbilla. En esos primeros momentos no comenté nada con Raquel por miedo a causarle algunos celos. Porque sí, la encontraba atractiva. Su presencia, aun siendo pasajera, me distraía.

Una vez ella se sentó unos puestos más allá de nosotros, en un punto donde la podíamos ver de frente. Confieso que me incomodaba la distracción que me causaba. Era una semana fuerte de invierno. En las noticias se hablaba de una posible tormenta de nieve y una ola de frío extremo. Ese día fuimos a la biblioteca para adelantar al máximo nuestro trabajo y de paso llevarnos algunos libros, en caso de un encierro forzado. Como parte de nuestro juego de ficciones con los usuarios regulares de la biblioteca, le inventamos una historia a Marianne. Bueno, Raquel, ya que yo no me aventuraba a ponerla a ella en mi imaginación más de la cuenta. Raquel inventó la historia de que ella era uno de los muchos franceses que buscaban esa vida que mezclaba un poco el estilo norteamericano, pero con acento francés. Raquel sospechaba sus orígenes porque en algún momento habló con ella y yo no lo supe hasta ese momento. “Una vez que me preguntó si sabía dónde sacar copias”, me explicó Raquel, “Se llama Marianne y tiene un acento superfrancés”. Sentí celos de que fuera ella quien hablara con ella. Cómo no pude darme cuenta.

Ese día coincidimos con ella en el protocolo usual de invierno antes de salir a la calle: ajustarse la chaqueta, ponerse el gorro y los guantes, cerrar bien la bufanda y cubrir bien el cuello. Marianne reconoció a Raquel y le hizo algún comentario sobre el clima canadiense. Apenas me dirigió una mirada. Raquel agregó que era nuestro primer invierno, que nos asustaban un poco estos eventos extremos, pero que a la vez nos atraían. Marianne nos dijo que ya tenía unos cuantos inviernos canadienses en su cuenta, y que lo que venía parecía serio. Eso nos inquietó un poco. Nos recomendó tener alguna cocinita para calentar la comida y alguna linterna, no velas. “Mejor las de butano”, nos dijo ella, “las venden en la ferretería de la avenida”. Raquel, mucho más precavida con el dinero que yo, sugirió hacer la compra de la cocinita y de alguna linterna barata. Yo, que estaba entre la sorpresa de su docilidad financiera y mi inquietud por la ignorancia de Marianne a mi existencia, accedí a la idea. La tormenta fue fuerte, muchas casas quedaron sin luz en esos días, salvo la nuestra. La cocinita de gas la usé un par de años más tarde, pero por un corte de luz programado. Raquel ya no estaba.

Durante los meses siguientes, Marianne fue una parte tangente de nuestra rutina. Era usual verla una o dos veces por semana. Raquel conversaba un rato con ella en alguna esquina de la biblioteca en algunas ocasiones. No eran amigas, pero solían pasar algún tiempo conversando. La verdad era que Marianna reaccionaba más a la presencia de Raquel que a la mía. Una vez coincidí con ella en el ascensor y apenas se percató de mi existencia hasta que salimos de él. Me saludó con un casual Ça va ?, pero luego se volteó para preguntarme por Raquel. Le dije que estaba bien. No le dije dónde estaba. Desde esta perspectiva de mi existencia post mortem, era obvio que los celos se instalaban entre mi pecho y mi espalda.

Aquel día de verano, cuando su figura hizo sombra sobre mi mirada, fue la primera vez que habló un rato largo con nosotros. Y por primera vez se dirigió a “nosotros”. Con la llegada de los primeros aires tibios de la estación, Marianne estaba radiante. Me era difícil esconder mi curiosidad frente a ella y, sobre todo, frente a Raquel. Temía que algo que yo desconociera me traicionara. Ahora lo veo después de muchos años, pero mi atracción hacia ella me levantaba un miedo enorme de dejar a Raquel. Un miedo estúpido porque nada en esta historia abría la posibilidad de que Marianne tuviera algún interés en mi persona; un miedo no estúpido porque un simple gesto o una palabra podía advertir a Raquel de mi fascinación por esa francesa desconocida. Una fascinación que se arraigaba en mí con más fuerza cuando pasaban los minutos. En medio de nuestra frágil burbuja migrante, con sus vulnerabilidades materiales y anímicas, era el miedo a dar al traste con mi vida y con la vida de Raquel. Todo eso pasaba por mi mente mientras ellas dos hablaban, creo yo, de la vida veraniega montrealesa. No recuerdo las palabras de esa larga conversación, pero sí mi pequeña fascinación frente a ese rostro angulado. Nunca había experimentado algo así.

Sin embargo, aún una pieza de esta historia se me escapa. Marianne está muerta, sin duda. Y su muerte debe estar relacionada con la mía. Luego de ese encuentro, nos vimos varias veces porque Raquel y ella se hicieron amigas, de hecho, era la única amistad que hicimos en ese tiempo. Almorzamos muchas veces juntos en la plaza de la biblioteca y algunas veces quedamos en vernos en otros lados. Bueno, quedaron ellas. La historia empieza a aparecer en mi mente. La última vez que la vi fue en aquel día revelador. La vi junto a Raquel en un café, cerca de la universidad. En esa ocasión yo suponía que Raquel estaba reunida con un profesor en el departamento. Ella nunca me dijo que estuvo con Marianne. Fue un par de semanas más tarde cuando Raquel decidió dejarme.

Ahora recuerdo, no fue la última vez que vi a Marianne. La vi el día de mi muerte.

(Continúa...)