(4) Un último paseo por la biblioteca
Dos certezas tengo en este momento. Una, ella también es un fantasma y, dos, su rostro es familiar. Muy familiar. Pero no lo ubico en mis recuerdos. Me sonríe con una sutileza sarcástica. Necesito acercarme a ella, necesito hablarle, a pesar del miedo que siento. ¿Miedo de un fantasma al ver a otro fantasma? Aunque ... no es miedo a ella, sino miedo a saber quién es y por qué está aquí. Se va caminando, se perderá entre los anaqueles. Debo apurarme.
No la encuentro entre estos anaqueles y no veo por dónde pudo irse. Se desvaneció por estos corredores ... como si fuera un fantasma. Debería estar por estos lados, pero nada. Lo único que se me ocurre es que ella sabe desaparecer, atravesar muros, hacerse invisible para las otras ánimas. Cosas que aún no domino. Imposible encontrarla...
Su aparición es como una especie de déjà vu que se queda rondando en mi cabeza. Su rostro lo conozco. Es ella, pero ... ¿Quién es ella? Tengo los detalles de su físico muy claros: un poco más alta que yo, contextura delgada pero muy en forma, cabellos castaños claros, casi dorados, con unos rulos muy rebeldes. Ojos marrones, piel clara, algo pecosa. Su rostro, el cual creo que es su característica más curiosa para mí, es cuadrado, con ángulos bien marcados, pero curiosamente es un rostro delicado, muy femenino. Más repaso esos detalles, más rabia siento por no recordar quién es. Ni siquiera coloco su presencia en un tiempo o un espacio determinado. ¿Alguien de mi vida antes de venir a Canadá? En todo caso, no es familia o amigos, a todos ellos los recuerdo muy bien. Quizá alguien que haya conocido aquí por estudios o por trabajo. ¿Es de aquí? ¿De la universidad o de otro círculo de gente conocida? No creo, más allá de la universidad, no hay mucho donde buscar. Ni siquiera de los tiempos con Raquel, en aquel entonces no conocimos a mucha gente. Otro vacío en mi memoria…
Lo que más me atormenta es ese pálpito de conocerla y haberla tratado. Mientras doy vueltas por la biblioteca, también doy vueltas en mi cabeza para ver si la recuerdo. ¿Tiene ella algo que ver con mi muerte, con mi condición fantasmal? La certeza de conocerla es humillante, su presencia en estos pasillos la siento como una burla que señala mi ignorancia sobre mi situación. Sé todo de mi vida, incluso veo algunas cosas con más claridad. Pero todo lo relacionado con mi muerte y mi estado inmaterial es un blanco absoluto, un espacio vacío. La nada. Como la identidad de ella también es parte de esa parte borrada de mi memoria, se me ocurre que ella tiene que ver algo con mi situación. ¿Con mi muerte?
Espero verla de nuevo. Lo cierto es que esta oscuridad azulada y esta ausencia de gente ayudan a relajarme de nuevo. Me pregunto si por esto es por lo que los fantasmas prefieren la noche. Huyen del ruido de las luces, de la presencia de la gente y de su voz atorrante. En vida, nunca experimenté una calma como esta. Si solo pudiera agarrar un libro y echarme a leer en uno de los sofás del tercer piso, frente a la ventana, viendo esta noche despejada con sus estrellas. Si pudiera agarrar un libro. ¿Siento nostalgia por la vida? Pues sí, de haber conocido este placer, quizá hubiera dedicado más tiempo a la lectura por placer que por deber. Hubiera aprovechado más esos sofás del tercer piso. Supongo que con el tiempo iré extrañando cosas de la vida, y también las cosas que nunca hice. En todo caso, quedarme aquí frente a la ventana contemplando la noche es ya un pequeño placer en mi situación.
Una quietud placentera se instala en mí. Sin duda, este ambiente nocturno de la biblioteca me reconforta. Siento que las ideas, y también las memorias, van y vienen. Pero por alguna razón, no me alteran. Puedo pasar revista a muchas cosas, y lo hago con calma. No quiero insistir en la causa de mi muerte y lo relacionado con mi condición fantasmal, porque todo eso aún huye a mi memoria. Dejemos esa parte de mi ... ¿anterior vida? ... sin tocar por ahora.
Desde esta ventana veo la calle que trae directamente a la entrada de la biblioteca. Durante un tiempo, fue una estampa habitual en mi rutina. Era la rutina de mis días. Bueno, nuestros días. Era nuestro camino habitual entre la universidad y nuestro pequeño apartamento que está un poco más allá del final de esa calle. En ella veíamos los cambios de las estaciones, apreciábamos cómo los árboles cambiaban de color o cómo las calles se bañaban de nieve. Sabíamos que venía Halloween o Navidad por las decoraciones de las casas. Luego, la gente en los jardines, poniéndolos a punto para el verano, nos señalaba la grata llegada de los días de calor. También disfrutábamos ver el frente de las casas. “¿Te imaginas vivir en una de esas casas y tener un porche como ese?”, solía preguntar Raquel. Mi respuesta era siempre la misma, “Para imaginarnos ahí, debemos imaginarnos quedándonos aquí”. Ahora lo veo con claridad. El deseo de instalarnos aquí estuvo desde el principio, solo que no lo expresamos por el temor al desacuerdo del otro. Nuestra situación apretada nos impedía un poco ver más allá de nuestra estadía académica. Pero sin dudas, la idea estaba en nosotros, quizá aún no las circunstancias. Pues sí, esa era nuestra cotidianidad. Esa calle, esta biblioteca, nuestros momentos juntos y también nuestros silencios. ¿Y si hubiéramos roto esos silencios con lo que pensábamos? Quizá Raquel…
La biblioteca tiene otra entrada que se une a esta que viene de la calle. Pasa por una plaza que está rodeada por varios pabellones de la universidad, incluyendo el de la biblioteca. Muchas veces en verano, esa plaza era nuestro lugar para leer, estudiar o simplemente estar. Luego del primer invierno, siempre rudo a los ojos de un recién llegado, y de una primavera lluviosa y nada primaveral, esta plaza era bienvenida en nuestra rutina académica.
Era nuestra costumbre sentarnos en aquellos bancos de cemento a la hora del almuerzo, aprovechando el baño de luz, y muchas veces nos quedábamos algunas horas de más, aprovechando el sol. En más de una ocasión, alguno de nosotros echaba una pequeña siesta en los jardines que rodean la plaza. Aunque en mi caso, a veces no era pequeña.
En una ocasión, me dormí más de una hora. Me despertó la voz de otra persona que conversaba con Raquel, alguien que no pude ver entre mi somnolencia y el sol que daba en mi cara. Era alguien que hablaba muy bien el español, pero se notaba que no era su lengua materna. Estaba aún tan dormido que no me di cuenta de qué hablaban. Me incorporé y me acerqué para sentarme al lado de Raquel. Fue entonces cuando vi la persona que hablaba con ella, alguien cuyo rostro ya me había sorprendido por ser tan angulado y delicado a la vez… Era ella... mi fantasma anónimo.
(Continúa...)