(3) Un último paseo por la biblioteca
Ahora sí siento algo de pánico. O, mejor dicho, el pánico no me deja sentir otras cosas. ¿Cómo es posible que no pueda salir de la biblioteca? ¿Es una especie de condena post mortem, una maldición? No puedo hacer mucho en este estado inmaterial. No tengo brazos para empujar esta maldita puerta, o piernas para patearla. Trato de gritar y ahora caigo en cuenta de que no tengo voz. Pienso, pero no hablo. Solo siento un rugido sordo dentro de lo que sería mi cabeza, un eco apagado que se ahoga en lo que sería mi garganta, mi cuello. Ni siquiera puedo batirme contra las puertas de la biblioteca, o sus muros, o sus ventanas porque no soy sino una cosa flotante, etérea, un globito tonto, irreal. Ser un fantasma empieza a parecerme algo estúpido, sin sentido. ¿Voy a quedarme flotando así por la eternidad? No puede ser esto la vida después de la muerte. No…
Siento que la desesperación empieza a entrar en el cuerpo que no tengo. Esta sensación mezclada de agitación y de inmaterialidad es horrible. Lo que soy está atravesado por una corriente, un pulso que pone a palpitar mi todo, una ola de desasosiego que me invade. Me ahogo en mi propia … ¿Esencia? ¿Intangibilidad? ¡Cómo deseo poder gritar y lanzar mis puños contra esas ventanas! En medio de mi no-ser, siento como si el corazón que no tengo estuviera acelerado, sacudiendo mi pecho. Una sensación muy real, y muy desagradable. Y no sé cómo controlar este golpe de rabia y furia. ¿Tiene sentido que mis sienes ahora se batan bajo el influjo de la sangre y que sienta mi cabeza como un tambor? ¿Es que siento una respiración acelerada en mí? No puedo con este arrebato de ira y de sinsentido que me asfixian. En vida estaría cerca de sufrir un infarto o un derrame dentro de mi cabeza. Pero, en la muerte … ¿Estaría cerca de qué?
La calma que sentí hace un momento se ha desvanecido. Una furia desconocida, turbia, se agita en mí. ¡Cómo deseo que todo esto arda, se haga mierda, explote por los aires! No sé qué placer sentía en mirar esta gente, todos cretinos, ignorantes del sinsentido de la vida y la muerte. Gente necia. Criaturas superficiales. Si solo pudiera estrujarlos, traerlos a este lado de mi mundo, para hacerlos mis compañeros eternos dentro de esta despreciable biblioteca. ¡Que sufran conmigo por la eternidad! Si pudiera lastimarlos con este odio que me nace no sé de dónde, si pudiera despojarlos de cualquier alegría o paz que sientan en este momento y rellenarlos con esto que carcome mis entrañas. Si solo pudiera … quizá sentiría algo de calma otra vez.
Además, la muerte no pudo traerme a otro lugar sino a esta prisión fría de concreto, rellena de papeles viejos y de polvo. No pudo llevarme a un campo, o a mis añoradas playas del Caribe venezolano, o a la casa de mi infancia. Cómo duele saber que en mi inmaterialidad no podré volver a ver el sol, ni sentir la brisa tibia del verano. Apenas menciono esas memorias, y casi todo viene al presente. Mis vacaciones en la Isla, mis paseos por el Ávila, el gran patio de la casa de mis padres, incluso mi paseo con Raquel por los páramos andinos. Todo lo revivo con tal fuerza que, en medio de esta fantasmalidad, eso duele. ¡Cuánta crueldad en todo esto! Darme la bendición de todas estas memorias, pero la condena de morir eternamente en las tripas de este tenebroso mausoleo. Esas memorias envueltas en días cálidos y esta inmaterialidad abrazada por el frío. Saber que fuera de este edificio miserable hay una ciudad gris, apagada, oscura. Es como estar confinado en dos ataúdes. Una doble condena. ¿Qué pecado hice para retorcerme el resto de la eternidad en estos malditos pasillos? Pensar que afuera me espera esa ciudad triste casi borra mis deseos de salir. ¿Solo me queda resignarme en mi muerte?
Lo peor de todo es que aquellos días con Raquel, quizá los últimos días donde mi vida tuvo sentido, siguen viniendo a mi memoria. Siguen atormentándome. ¿Por qué la muerte me lleva de vuelta a aquellos tiempos? La única razón debe ser el dolor, causarme pena y sufrimiento. Todos esos recuerdos me llegan como un caudal de imágenes, de sensaciones. No puedo frenarlos. Puedo vernos estudiando, escribiendo, hablando en cada uno de los lados de esta biblioteca por donde pasamos. Son un fajo de fotografías que desfilan ante mis ojos. Puedo ver a Raquel con aquel suéter verde que usaba casi siempre en el invierno, con la bufanda de segunda mano. Puedo verla sentada con su chaqueta de jean que usaba para los días más frescos fuera del invierno. La veo en nuestros paseos veraniegos en el puerto, en los festivales, compartiendo una cerveza fría en un parque. La recuerdo en mis brazos, entre mis piernas, bajo mi cuerpo. Mi cuerpo ausente recuerda el suyo. Todo lo que olvidé, o había querido no recordar, es ahora una avalancha de sensaciones y de imágenes intolerables a mis sentidos. Puedo incluso acordarme de su aroma, de ese perfume que compraba y que fue su único lujo durante ese año. Oigo su voz, ¡la había casi olvidado!, esa voz un poco ronca, pero muy sensual a mis oídos. Cuántos recuerdos que se me encajan como una laja fría y metálica en mi pecho. Memoria y dolor... memoria y soledad. No es la rabia lo que se hace insostenible, sino el recuerdo de dónde viene.
Nunca pude olvidar todo esto, nunca pude alejarme de esos recuerdos. Solo los puse de lado, en una esquina, donde no incomodaban, por donde alejados de mi vista. Pero mi muerte, mi estado inmaterial me trajo todo a la superficie. Todo esto es demasiado para mi eternidad. Se junta con mi cólera por no saber qué pasó conmigo y la combinación es fatal. Fatal ... vaya palabra que se me ocurre escoger. Pero sí, es fatal porque pienso en mi muerte, y en ese profundo deseo de destrucción de todo esto. ¡Cómo deseo tener manos, piernas y dientes! ¡Cómo deseo ser uno de esos fantasmas camorreros que tiran y revientan cosas! ¡Cómo me alegraría arrastrar todo esto a este mundo desolado, olvidado de todo soplo de esperanza y paz! Cuánta irritación me causa todo esto. Mi tristeza, mis añoranzas, mis vacíos alimentan la rabia.
Mi no-ser se fatiga con estas memorias, tan presentes y ausentes a la vez. ¿Puede un fantasma extenuarse por algo? Las luces de la biblioteca hieren mi mirada y las voces de la gente me aturden. Todo esto me agobia. Espero que, si puedo fatigarme, pueda descansar. Buscaré un rincón alejado, allá en el último piso, donde hay libros que nadie jamás busca. Me dejaré caer en un rincón y no sé cómo, pero intentaré desconectarme, apagarme, separarme de este mundo y de sus sensaciones agobiantes. Debe haber algo de paz en esta eternidad condenada.
En efecto, puedo aislarme, cerrar mis sentidos un rato. Las luces se desvanecen y los sonidos se apagan. Poco a poco todas esas memorias y esas sensaciones me abandonan. Entro en una oscuridad, ¿azulada?, agradable, relajante. Siento cómo me hago ajeno a este mundo, aun cuando no sé de cuál mundo hablo. ¿Será que me desvanezco del mundo de los vivos? ¿O de los muertos? No lo sé y no entiendo nada. Sin embargo, desde que estoy en esta condición, es la primera vez que siento esta calma.
He perdido la noción del tiempo. Diría casi que es la misma sensación que tuve al inicio, antes de saberme muerto. Todo está oscuro, en silencio, sin gente. La única diferencia es esta suave luz azulada. Algo me dice que la biblioteca está realmente vacía. No es mi imaginación post mortem. En su silencio y bañada en su oscuridad azulada, la biblioteca es un espacio hermoso, plácido. Pudiera pasar una eternidad por estos pasillos.
Sin embargo … ¿Puede un fantasma sentirse observado? Algo me inquieta. Algo me dice que no estoy solo. Ahí está. Ahí está ella, viéndome, sonriéndome. No está viva. Es como yo, un fantasma. Me sigue mirando. Y lo que más inquieta es que la conozco.
(Continúa...)